En más de una ocasión nos sentimos tripulantes del Titanic. En un crucero cosmopolita preparado para llegar hasta el mítico Cabo de Hornos, representantes de India, Bélgica, Londres, Brasil, México, Chile y Argentina, embarcamos en el Via Australis.

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01/04

Durante la cena, la mesa 3 estaba llena de historias y de personajes curiosos.Los temas de conversación fluían, y abundaban las anécdotas. Un hacha al final del pasillo y los cubiertos, protocolares, me recordaban a más de una escena de Di Caprio.

A pesar de que la norma se inclinaba más por la conformidad que por la elegancia, para la noche se elegían marcas como Tommy Hilfigher y Columbia.

Durante el día primaban las de alta montaña: The North Face, Montagne, Canada Goose, Salomon, Doite, la argentina Tahat (oriunda de Lincoln), y las deportivas, Nike y Adidas.

Amarillo, naranja, rojo brillantes resplandecían en la cubierta del barco. Y es que son colores cálidos que se distinguen en casos avalanchas o rescates marítimos.

Después de cenar, me siento a escribir y me propongo disfrutar de un fin de semana sin internet ni señal telefónica -o al menos intentarlo.

 

 

2/04

Descubrí a Marie Claire contemplando en popa al Glaciar Garibaldi, expectante. Es belga y se jubiló hace dos años. “Vine a cumplir el sueño de mi padre. El quería venir a ver los glaciares de la Patagonia navegando en velero desde Bélgica. Pero mi madre no estaba de acuerdo”, me contaba.

Trabajaba como enfermera en una residencia geriátrica y también enseñaba informática a mujeres sin empleo. En un inglés básico para alguien que maneja el francés al derecho y al revés, me explicaba conmovida: “Creo que ayudar a las personas es la cualidad más humana que tenemos”.

Marie Claire hizo una de sus confesiones más pícaras entre sorbo y sorbo de chocolate caliente: “Estuve 3 meses en Asia. Ahora no tengo fecha de regreso. Eso es lo que me gusta de viajar siendo jubilada; no tengo tiempos ni obligaciones. Sólo disfruto”, sonríe.

*

Visitamos el Glaciar Pía, en la Cordillera Darwin. Descendimos del crucero en un zodiac (bote de goma inflable de expedición) y caminamos por puntos panorámicos.

Más tarde, recorrimos la ‘Avenida de los Glaciares’, conformada por los siguientes: Holanda, Italia, Alemania, Romanche y Francia. Mientras divisábamos cada uno de ellos, fuimos agasajados con comidas típicas de cada país. Hubo cerveza y chucrut en homenaje al Glaciar Alemania, pizza y vino tinto por el Glaciar Italia.

Estaba estipulado llegar a las 7:30 am del último día a la Isla Hornos. La tripulación nos brindó información y nos advirtieron que el clima en ésa zona cambia en cuestión de minutos. Debíamos estar preparados tanto para un día soleado como para una nevada.

También nos mencionaron una leyenda sobre el albatros, un ave marina en la que se cree reencarnan los marineros fallecidos en el mar. Llegando a la isla, se ven miles de estas aves. Se cree que más de 10.000 marineros no han logrado cruzar las aguas del Cabo de Hornos – famoso por su mal clima, olas gigantes y navíos extraviados.

Navegamos frente a la bahía de Ushuaia por 20 minutos y nuestros celulares tuvieron señal. Asumiendo el intento fallido de un fin de semana off-line, fui una más de quienes se abalanzaron sobre sus  smartphones para subir fotos a las redes sociales y conectarse con amigos y familia. A pesar de ello, un nuevo reto nos afrontaba: llegar al final del continente Americano. Después de éste, sólo existe el continente blanco: la Antártida.

 

3/04

Nos habían advertido que desde las 02 am a las 06 am se iba a sentir movimiento en el crucero. El viento, violento y el barco, oscilante. En el Canal Murray me desvelé y literalmente, vi las estrellas. No podía dormir del mareo. Vi la hora: 02:36 am.

Después de evaluar todas las posibilidades catastróficas que podían ocurrir, intenté pensar en positivo y bromear “Malestar nao ten fin”, entre otras frases tragicómicas que daban vueltas en mi cabeza.

Decidí mirar el mar, revuelto. Retrocedí. Antes de cerrar la cortina, vi las estrellas desde el Fin del Mundo. Pude ver la Vía Láctea, constelaciones enteras y la luna. Me sentí dentro del set de filmación de “Life of Pi”.

En la mañana, el clima fue propicio para desembarcar -por lo menos lo que puede considerarse “buen clima” para este punto del planeta. Bajamos a los zodiacs. Nunca había sentido tanto viento y frío en mi vida. Pude ver el el sol radiante del amanecer desde lo alto de la isla. Minutos después mis pómulos sufrieron el ataque sorpresivo del granizo.

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Había un monumento al albatros que constaba de una obra de arte elaborada con acero inoxidable que perdura y resiste los fuertes vientos de la isla, donde -cabe destacar-  sólo vive una familia chilena de 4 personas.

Pero lo más espectacular fue haber apreciado la confluencia entre el Pacífico y el Atlántico.

Con el espíritu positivo del explorador y marinero Sir Ernest Shackleton, volvimos al Vía Australis y emprendimos el regreso al puerto de Ushuaia. Una vez allí, restablecimos nuestras comunicaciones digitales. Pero volví satisfecha de haber podido disfrutar otro tipo de conexión.

 


 

 

Colaboraciones

  • Redacción y Ph: Carolina Estevez Núñez

Un comentario en “El Fin del Mundo

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